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Las dos caras del PRD CON UNA DIFERENCIA de apenas unos cuantos días, ante la sociedad capitalina y de todo el país apareció lo que algunos identifican ya como "las dos caras" de la misma moneda del Partido de la Revolución Democrática. Por un lado mereció una impensable difusión la imagen de ese perredismo convertido en gobierno del Distrito Federal, que gracias a las estratagemas mediáticas se muestra como el adalid de la democracia, como el único capaz de convocar la aceptación absoluta y total, mientras que días después apareció el otro rostro, el de la violencia, la presión y el chantaje como método de lucha y cuyos seguidores irrumpieron de manera violenta en San Lázaro, en un acto reprobado por todos. Los dos lados de una misma moneda del perredismo del nuevo siglo que a pesar de refundaciones, de momentos de gloria y de sonados tropiezos, no acaba de mostrar un perfil propio, definitivo, que lo aleje de sus resabios de fuerza política populista y populachera, al más puro estilo del viejo PRI, y de esa lucha "ceceachera", radical y peleonera que reivindican no pocas de sus "tribus", de los grupos que intramuros del partido "negroamarillo" han sido motejados como "los loquitos". ¿A cuál de los dos "perredés" debe identificar el ciudadano común y corriente como alternativa electoral en julio próximo? ¿Cuál de esos "perredés" es la propuesta para el ciudadano que no encuentra en el viejo PRI de la corrupción y el chanchullo, y menos en el PAN del "cambio" una opción para su voto? Está claro que en tanto fuerza política nacida de una coalición de grupos políticos de centroizquierda, el de la Revolución Democrática es un partido que tiene tantos rostros como segmentos políticos dominan y delimitan sus intereses y hasta sus cacicazgos. Resulta evidente que más allá de sus bases programáticas y doctrinarias, el rostro del "perredé" que asoma a la opinión pública va en consonancia con el interés de grupo y el sello propio del segmento político que detenta en determinados momentos los cargos de mayor peso específico, sea a nivel de dirigencia nacional o de posiciones políticas y de gobierno. Así, no fue lo mismo el PRD de su nacimiento, controlado de manera vertical y autoritaria por uno de sus fundadores, Cuauhtémoc Cárdenas, que el PRD del mismo Cárdenas jefe de Gobierno, manipulado a través de Amalia García. No fue lo mismo el PRD de Muñoz Ledo que el de López Obrador, por ejemplo. Pero el asunto no se queda sólo en el más alto nivel del partido. No es lo mismo el PRD de los "Chuchos", en tanto operadores políticos de la gestión de López Obrador, que el PRD con el propio López Obrador como jefe de Gobierno y Rosario Robles como presidenta del partido. No es lo mismo el PRD de la dirigencia nacional, que el PRD de las 32 entidades del país, especialmente de aquéllas en donde ese partido es el gobierno estatal. No es lo mismo, por ejemplo, el PRD de Ricardo Monreal en Zacatecas, que el PRD de Michoacán, que el de Tlaxcala. El PRD de "los Chuchos", nada tiene que ver con el PRD de los "Amalios", con el PRD de los "Bejaranos", que el PRD de Rosario Robles y Cuauhtémoc Cárdenas, que el PRD de Martí Batres, que el PRD de las muchas "sectas" asociadas con las acciones radicales, como quiera que se identifiquen entre sí cada uno de los grupos. Y es que más que la virtud de su pluralidad interna, de una saludable divergencia de orígenes, objetivos, proyectos y programas, el problema de la tercera fuerza político electoral del país, del PRD, es precisamente su incapacidad para avanzar en dirección a la profesionalización de la política, profesionalización entendida como el compromiso de los muchos feudos y grupos de poder que cohabitan en el interior de esa fuerza política, para abanderar el interés superior del partido, su proyecto programático y doctrinario, por sobre los intereses de sus respectivos liderazgos o de las tribus a las que pertenecen. El principal reto que enfrenta el PRD en el nuevo siglo y frente a una competencia electoral que lo ha llevado a ocupar no pocos gobiernos estatales, la capital del país y una porción importante de la representación en el Congreso, es que los ciudadanos no ven a un solo PRD, sino a tantos "perredés" como grupos lo integran. Más que avanzar en dirección a la profesionalización de la política, en el PRD parece que se camina por el sendero de la autodestrucción. El contrincante político parece no estar en la propuesta que ofrecen los otros partidos, en este caso el PAN o el PRD, sino que para los perredistas el adversario está en casa. Los contrarios en el PRD son los mismos perredistas, que se escudan en las siglas del negro y el amarillo para escalar peldaños en una clase política partidista que no profesionales de la política que aspira a los logros individuales, por obra y gracia de los liderazgos unipersonales y de los grupos políticos. La lucha política en el PRD, entre su clase política, es con sus iguales, no con los contrarios; es por ascender a esa escala de privilegiados que se han autodesignado como los representantes de las clases y las causas populares, antes que como los profesionales que ofrecen una alternativa real de poder, de gobierno. Por eso aparecen, por un lado, expresiones delirantes de líderes como Andrés Manuel López Obrador, que a través del populismo y con recursos públicos promueve su imagen, su proyecto personal de gobierno y sus ambiciones políticas personales de futuro a través de tramposas encuestas de opinión, y por otro se muestran acciones que parecen desesperadas de luchadores sociales que toman por la fuerza el recinto de San Lázaro. Por un lado el 10% de los capitalinos con capacidad de votar refrendan el carácter populista y manipulador del gobierno perredista de López Obrador, y por el otro un porcentaje acaso mayor reprueba las prácticas violentas, de política espectáculo de sectores asociados o identificados con ese partido. Y por si no fuera suficiente con la esquizofrenia política que destila el PRD, basta recordar que hace no mucho tiempo el propio López Obrador recurría a esas mismas prácticas, a la toma de pozos petroleros, a la presión violenta contra las instituciones, que hoy reprueba. Hoy presume complacido desde el balcón de la casa de gobierno, esa que permite ver el Zócalo: "Antes yo estaba allá abajo, protestando, y ahora estoy aquí, gobernando". Pero más allá de los "egos robustos" y de los "alcohólicos de la grilla" que menudean en el interior del PRD, el costo político que pagará ese partido por la incumplida profesionalización política, por la interminable lucha interna, por los espectáculos que los enfrentan un día sí y otro también, no es un asunto menor frente a los electores, que salvo la porción de convencidos, no ven en el PRD una alternativa real de gobierno, o si se quiere de cambio. Está en las manos del PRD impedir el no descartado regreso del PRI a las mayorías absolutas en el Congreso, en gubernaturas y hasta a la Presidencia de la República, y también está en manos de ese partido la saludable alternancia en gobiernos estatales y la pluralidad en el propio Congreso. Pero parece que pocos en ese partido se han dado cuenta de que el electorado que no quiere el regreso del PRI y al que no convence el gobierno del "cambio" y menos el PAN, no tiene alternativa en tanto el PRD no se presente como un partido integrado por profesionales de la política, alejados del populismo, de la violencia-espectáculo, de la imagen de partido radical y peleonero, cuyos líderes son capaces de todo por escalar los muy disputados espacios de la clase política perredista. Por lo pronto, no son pocos los que ya hacen apuestas, quinielas, sobre lo que parece un destino manifiesto en el interior del PRD en el 2006; el parricidio político. Esto es, que el hijo político del "líder moral" del PRD tendrá que acabar políticamente con su padre, y si es necesario con el propio partido, con la casa, para alcanzar la candidatura presidencial de ese año. ¿Será?
En el camino Y donde se vio la fuerza de Rosario Robles fue en su intento por detener un nuevo escándalo en el interior de esa fuerza política. Resulta que logró parar en San Lázaro las ambiciones desmedidas de diputados que reclamaban un millón de pesos como bono de despedida. La perredista hizo valer su autoridad, convenció de lo escandaloso del asunto a los diputados de su partido y calmó el asunto.... Por cierto, para los que quisieron saber, pero nunca se atrevieron a preguntar sobre Carlos Slim, ya apareció el primer número de Los Cuadernos de la Crisis , una edición especial que sobre el hombre más acaudalado de México preparó el periodista Carlos Ramírez, y que en días pasados fue presentado en sociedad. aleman2@prodigy.net.mx |